Pensar en cuadras que no en cuadros

Vaya por delante que México es un gran país de enorme complejidad, también urbana, en el que el esténcil ha cobrado una dimensión y diversidad más que notables y que mi visión, no sólo miope, está muy limitada por múltiples razones evidentes, desde la distancia geográfica, hasta los escasos tiempos vividos en suelo mexicano, pasando por el (des)conocimiento directo de determinados contextos sociales y artísticos.

Por otra parte, me parece de rigor apuntar que mi personal punto de vista respecto a las múltiples manifestaciones urbanas ligadas a lo pictórico está estrechamente ligado a la que ha sido mi especialidad durante más de un cuarto de siglo: el mural urbano y la cátedra sobre Pintura y Entorno que vengo impartiendo en la Facultat de Belles Arts de Sant Carles de la Universitat Politècnica de València. Tras abogar durante años por la importancia que el contexto, entendido en sus diferentes dimensiones, técnica, temática, funcional, social... en estos últimos tiempos, ha ido tomando cuerpo argumental el concepto de integración. Algo que no por casualidad surge precisamente de determinadas actitudes desarrolladas de un modo singular desde las vanguardias históricas europeas del S.XX, como son la negación de lo inmediatamente anterior y la transgresión de los límites establecidos. Actitudes de provocación y de escándalo que no han de dejado de aflorar desde entonces y que, en el caso del grafitti se ha llevado un paso más allá al situarse al margen de la legalidad vigente con lo que algunos consideran agresión y vandalismo.

Ni que decir tiene, yo abogo por la integración autor-obra-espacio-usuario-espectador. Integración compleja, dinámica, crítica, comprometida, inconforme... que incluya las contradicciones inherentes a la vida misma y que fueran con el tiempo como un elemento indisociable del espacio que debe jugar a favor de que se consume ese diálogo franco y abierto de la obra con todos los agentes implicados.

Lanzado pues al resbaladizo juego de las generalizaciones (siempre inexactas) establecidas a partir de un reducido muestreo y filtradas por una visión sesgada por la subjetividad, me atrevo a escribir que el Esténcil que conozco está muy centrado en la figura humana, en la fotografía, en la filigrana de papel recortado, en un discurso narrativo que oscila entre las tradiciones iconográficas seculares y las convulsiones críticas del presente recogidas por los medios de comunicación de masas y las redes sociales.

La plantilla (valga ese nombre bastante menos agringado) ha sido un recurso eficaz para desempeñar las dos acciones fundacionales comunes a la gráfica, a la estampa: dejar huella y repetirse. Acciones que dicho sea de paso, se corresponden con las funciones básicas de las artes visuales en general: expresiva y comunicativa. Desde esta perspectiva muy sucinta y esquemáticamente expuesta, el esténcil se ha alejado de la nocturnidad, la urgencia y el bombardeo -versión diferenciada del cartel publicitario- aproximándose cada vez más a las intervenciones únicas del mural urbano, sometido a las limitaciones técnicas y a las peculiaridades de un enfoque figurativo/narrativo claramente mayoritario.

Me queda claro que la esfera pública urbana, reducida las más de las veces a un lugar de paso, de tránsito, de tráfico incluso, la función comunicativa haya primado sobre la expresiva y que la lectura de la imagen de base fotográfica se haya impuesto sobremanera. Las posibilidades de ampliación, manipulación de la imagen digital y la facilidad técnica ofrecida por determinados programas informáticos, han establecido el uso de un trabajo por capas cercano a la serigrafía. Estos mimbres de carácter técnico, se han visto poderosamente entrelazados con otro lugar común del gran cesto de los medios de comunicación: es noticia la mala noticia. Los graves problemas sociales, la crisis, no solo económica, los escándalos políticos, los abusos de poder, la represión policial y un largo etcétera, fungen como caldo de cultivo ominosamente fértil para surtir de imágenes con las que articular un discurso narrativo de denuncia, de reivindicación, de lucha. Eso sí, este diálogo ha sido efectivo entre las propias imágenes utilizadas (que generalmente se ubican sobre un soporte sin intervenir) y entre éstas y el espectador. Por el contrario, las más de las veces, la arquitectura, la medianera, la barda, el lugar de intervención, ha sido un actor mudo, incluso un mero telón de fondo, un soporte tan plano como el lienzo para un pintor o el papel para un grabador.

Dicho en otras palabras, mientras que el diálogo narrativo del CONTAR, el desastre, de denunciar los hechos está fuertemente establecido, el diálogo que surge desde el propio HACER en conexión con otros contextos presentes, aparece reducido a un estado de latencia. El diálogo con otras técnicas plásticas, con los planos de color, con la repetición tan cercana a la arquitectura, con las funciones y los usos y hasta las costumbres... múltiples diálogos que están todavía lejos de desarrollarse con plenitud. El modelo emisor/mensaje/receptor debiera ampliarse hacia otro más complejo autor/obra/ espectador inscritos en un círculo, o mejor, circunscritos en esa esfera pública tan compleja como

apasionante. Esfera en perpetuo movimiento donde la autoría ha de escuchar las voces de la calle, los sonidos del lugar. Donde el espectador no es tanto viandante como vecino que va a residir en un lugar modificado por obra y gracia del artista urbano. Donde lejos de contribuir a la desintegración tristemente imperante, el arte aporta su modesta contribución para reintegrar lo distinto, lo distante, lo que se percibe aislado en un ambiente las más de las veces hostil.

Sin duda, uno de los virtuosos efectos colaterales en estas sucesivas muestras, ha sido la intención consciente y constante de servir como plataforma de debate y de actualización de un estado de la cuestión muchas veces ajeno a la reflexión teórica y necesariamente agitado por el ritmo convulso de la urbe. Favor de entender estas palabras en esa línea acción, no sé si de sombra, pero seguro bien intencionada.

Juan Bautista Peiró Septiembre 2016